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Destino Final

Destino final

BENITO A. DE LA MORENA

Dr. Ciencias Físicas. Académico Numerario de la Academia Iberoamericana de La Rábida

Q

ue tenga usted buen día, don José… ¿Se podrá volver a repetir esa frase con toda su amplitud dentro de tan sólo unas décadas?

Tal vez eso no importe a los más ambiciosos, a los despreocupados, a los excesivamente optimistas o a los fanáticos adoctrinados, pero para la mayoría de los restantes millones de seres humanos que deseamos vivir en armónica sintonía con la naturaleza desde el origen de la vida en el planeta Tierra, a todos esos seres sí nos preocupa la degradación sistemática de nuestro hábitat natural, pues ello conlleva el aumento de enfermedades, la desaparición de especies animales y vegetales y hasta el posible riesgo de la desaparición del Homo sapiens en un futuro inmediato.

Lo que hasta hace poco se consideraba ciencia ficción, cuentos imposibles en un mundo irreal, escenas de fantasía de ilusos y atolondrados científicos a las órdenes de ambiciosos líderes ávidos de dinero y de poder, se está convirtiendo en una incipiente realidad, en un embarazo no deseado, pues «dará a luz» nuevas formas de pensamiento que regirán nuestras vidas en un mundoávido de deseos materiales, que irán socavando poco a poco los reductos y fortalezas de aquellos que aún nos resistimos y proclamamos que para conseguir el bienestar social hacen falta un orden y una justicia basada en el respeto, la moral y la ética.

El inconcebible maltrato, el tráfico de armamento, la pedofilia, el fraude, el abuso de poder, entre otros, son procedimientos habituales en los métodos de vida que la sociedad está adoptando para dar cabida a todas esas ambiciones, deseos y depravaciones que el ser humano necesita hoy en día para ser feliz. Pero hasta hace poco, las consecuencias de estos juegos propios de una raza inmadura, sólo afectaba a sectores tribales minoritarios, a unos cuantos de cientos de miles de celtíberos, griegos, troyanos, romanos, bárbaros, moros y cristianos…, que se mataban o eran sometidos, disminuyendo las poblaciones con sus guerras y las consiguientes epidemias que aparecían localmente a lo largo y ancho del planeta.

Pero hoy, en pleno desarrollo industrial, cuando ya pensamos en la conquista del «planeta rojo», hoy, decíamos, los riesgos se extienden más allá de lo que la especie humana es capaz de controlar, pues nuestros actos repercuten sobre otras formas de vida que también están en sintonía genética con la Naturaleza a la que agredimos de forma intencionada, con la inconsciencia del ignorante que no es capaz de evaluar el riesgo de sus actos.

Utilizamos la energía nuclear sin estar técnicamente dotados para controlar sus imprevisibles efectos y aceptamos que miles de bombas con cabeza atómica circunden nuestros cielos, mares y rutas terrestres bajo la excusa de la disuasión al posible enemigo y de la táctica de la protección preventiva.

Manipulamos genéticamente las plantas y animales para crear supuestas formas de cosechas y ganaderías que producirán transgénica y clónicamente especies inmunes a las epidemias y de calidad superior; y bajo la excusa de solucionar el hambre del tercer mundo se crean multinacionales que buscan en el dinero su principal objetivo, sin haber asegurado con estudios técnicos fehacientes que la manipulación genética no alterará el ciclo natural de aquellas otras especies, incluidas la humana, que se alimentarán de estos novedosos productos creados en laboratorio.

Un desarrollo industrial, escasamente controlado, que ha provocado emisiones a la atmósfera, vertidos a ríos y mares, y la generación de millones de toneladas de residuos peligrosos que han alterado notablemente la calidad ambiental del planeta, necesitando de organismos ambientales que velen por su protección; pero a pesar de ello, ya estamos sufriendo un cambio en el clima y experimentando las primeras consecuencias de esa mala planificación que se ha basado preferentemente en el culto al «becerro de oro».

Y aunque tímidamente los telediarios anuncian los efectos de nuestra ambición, la telebasura actúa sodomizando nuestras voluntades y anulando los pensamientos, dirigiendo nuestras mentes hacia un ocio y oprobio que nos destruye psicológicamente, y que nos distrae para dejar las manos libres a los poderosos que coordinan nuestros designios.

Es evidente que por ese camino no nos espera un buen final y que debemos cambiar la ruta, pero para conseguir mejores metas, no debemos seguir recurriendo a mecanismos indignos y carentes de ética, pues el «todo vale», no es correcto. Debemos orientar nuestros preceptos fundamentales y formas de actuación hacia el bien del ser humano y la conservación del hábitat que nos cobija, y una de las claves es el actuar respetando la dignidad propia y ajena.

Debemos intentar asumir los tradicionales valores humanos que siempre han tenido dificultad de prevalecer a lo largo de la historia. Conceptos éticos y morales sencillos que han marcado habitualmente diferencias genéricas entre el bien y el mal, pero que ahora, cuando prevalece la cultura del pelotazo y del libertinaje, y vendemos nuestra alma por un «puñado de votos», son más difíciles de implantar pues se carece de la necesaria conciencia social y espiritual que no interesa fomentar.

Confiemos en que no estemos aún en el «principio del fin» de una especie que, por no saber evolucionar, condenó su propio destino.

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