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Días Contados

Días contados

BENITO A. DE LA MORENA

Dr. Ciencias Físicas. Académico Numerario de la Academia Iberoamericana de La Rábida

Últimamente asumo, defiendo y proclamo que «tenemos los días contados», porque la sociedad está imbuida en una generosa desidia que afecta a su propia supervivencia, como consecuencia de la degradación moral con la que la especie humana se ha venido complaciendo a lo largo de los siglos.

A veces me pregunto cómo es posible que un espécimen biológicamente bien estructurado, con un genoma tan maravillosamente definido, no sea capaz de asimilar la perfección de su propia naturaleza, al margen de las creencias del cómo y el por qué, y siempre llego a la triste conclusión de que aún no hemos alcanzado la máxima capacidad cerebral que podemos desarrollar, dando rienda suelta a nuestro instinto de supervivencia, con lo que nuestro anclaje al estado animal del que provenimos se convierte en incuestionable.

Nos asignaron el concepto de racionales para distinguirnos de los cuadrúpedos, reptiles, anfibios, aves… y nos encanta demostrar que somos más listos que el mono porque él tiene que pulsar un botón concreto para pedir comida, sin percibir que solo lo hace cuando está enjaulado, mientras que los humanos estamos permanentemente pulsando el mismo botón y encima, trabajando para que nos autoricen a pulsarlo.

El mono es libre en su jungla, mientras que el humano es cautivo en la suya. El mono no habla, pero se entiende con los de su especie con determinados sonidos guturales, algo parecido a lo que hacemos los humanos pero sin llegar a entendernos. Los monos tienen su jerarquía y los humanos también, con la diferencia de que en su clan prevalece el más fuerte y en el nuestro el que tiene más poder y la diferencia es evidente, pues el mono evoluciona genéticamente perfeccionando su especie y en la nuestra sólo hay que ver los ídolos que tenemos, con el agravante de que los hemos encumbrado nosotros. ¡Un dislate!

¡Eso sí!, fuimos la especie privilegiada porque Dios nos había elegido y con ese criterio vivimos la teoría del geocentrismo, pues éramos el planeta soñado por la divinidad sobre el que orbitaban todos los astros del Universo, incluido el Sol y cosa curiosa, el ser humano estaba hecho a su imagen y semejanza, es decir, éramos casi divinos, pues así era más fácil dominar a su propia especie. Afortunadamente, esas excentricidades y errores humanos fueron rectificados por la ciencia y el sentido común, lo que no ha impedido que siga habiendo atropellos a los derechos humanos, distintas formas de esclavitud, pedofilia, asesinatos… todo producto de la ambición y el desatino.

Perder el rumbo es un grave inconveniente para llegar a destino, pero la ruta a seguir es algo que no se debe elegir de manera improvisada, debe ser bien analizada para encontrar el paraíso que se desea conseguir, pero «paraísos» puede haber tantos como personas existimos, no tiene por qué ser uno concreto aunque sea referencia de muchos. El Planeta puede ser un paraíso compuesto de múltiples paraísos menores adaptados a las necesidades de grupos diferentes, ¿por qué no? El problema es vivir desorientado, no encontrar tu camino y caer en esa desidia que te aleja del rumbo que mejora la especie y te sume en un territorio donde la depravación termina convirtiéndose en «virtud», según la habilidad irracional que seas capaz de desarrollar.

Unos tienen la ventura de nacer en zonas privilegiadas y otros no. Unos tienen la posibilidad de desarrollarse en libertad desde la infancia y otros en una «jaula de oro». Unos son capaces de conseguir el reconocimiento de las grandes masas y otros sólo tienen el reconocimiento de su autoestima; pero… ¡qué significa zona privilegiadalibertad o autoestima! No creo que exista un criterio único a modo de ejemplo que guíe nuestras conciencias, nuestras vidas, el destino; quizás sea como el Universo, plagado de millones de galaxias, con millones de estrellas y hasta universos paralelos, ¡quién lo sabe! salvo que en él habitamos.

Evidentemente es un tema sesgado, confuso de expresar, comprender y de aceptar, pero si así lo hiciéramos, la complejidad de su solución conlleva cambios difíciles de asumir, salvo que la moralidad renaciera con firmeza en nuestro interior y fuéramos capaces de iniciar un movimiento espontáneo que permitiera aflorar todos nuestros valores positivos, así como los de nuestros ídolos. ¿Utopía o realidad?, no lo sé, pero lo que sí tengo claro es que si no modificamos nuestro comportamiento, la especie se irá degradando hasta su desaparición a medio plazo universal.

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