REFLEXIONES SOBRE “COSMOLOGÍA Y HUMANISMO”

Por Publicado el: 27/04/2026

Con motivo de mi discurso de ingreso en la Academia iberoamericana de la Rábida, pretendí reflexionar sobre ese “mundo cosmológico” que ha sido universalmente aceptado cuando nos referimos al Big Bang, esa gran explosión que dio origen al Universo, y me animaba pensar que estaba intentando abrir la mente y el corazón hacia esa “verdad profunda” que me subyuga, “la Creación”, de ahí el título con el que pretendí abordar este delicado tema sobre COSMOLOGÍA Y HUMANISMO, para reflexionar sobre el origen y destino de un Planeta llamado Tierra, en forma de un breve ensayo que destacara la necesidad de impulsar una filosofía del comportamiento donde el concepto de “humanidad” no fuera una utopía y sí una posible solución, y primara esa necesaria racionalidad en la que el concepto de espíritu y de alma fueran motivo de reflexión sobre el “misterio” de la vida, intentando contrastar la sublime inmensidad de la Creación Universal con la sistematizada degradación del Planeta, dentro de un marco donde se conjugue el inconmensurable “gran misterio”, con el incongruente comportamiento de un “ser humano” de ambición desmesurada que está sumiendo al Planeta en una profunda crisis de identidad….
Y a modo de reflexión anticipada sugiero atender las palabras del Prof. Antonio Lamela, ilustre Humanista que en su libro Cosmoísmo y Geoísmo, 1976 nos dice, “Cuidemos los espacios en los que el hombre se desenvuelve. Cuidemos los espacios de un Mundo que se ha quedado empequeñecido para un hombre que tiene ambiciones de galaxia”.
Pero volvamos a los inicios del “misterio” .
Hace 15.000 millones de años según unos autores, 20.000 millones según otros, ¡qué más da!, toda la materia y la energía estaban condensadas en una región casi puntiforme, de densidad y temperatura inicial extremadamente grandes.
Al inicio hubo un completo equilibrio termodinámico, pero la pequeñísima esfera empezó a expandirse y a enfriarse con increíble rapidez y su temperatura descendió hasta unos 100.000 millones de grados centígrados. Se había roto el equilibrio termodinámico; las fuerzas de la naturaleza adquirieron sus propiedades actuales y las partículas que reciben el nombre de “quarks” vagaron libremente en un mar de energía, combinándose neutrones y protones, formando núcleos atómicos que generaron la mayor parte del helio y deuterio existente hoy en día. Todo esto ocurrió en el primer minuto de la expansión, (P. James y col., Evolución del Universo, 1994).
Después de los mil segundos, el 75 % de la materia estaba constituido por núcleos de hidrógeno (protones) y el 25 % por núcleos de átomos de helio (partículas alfa). Los átomos neutros aparecieron abundantemente cuando la expansión prosiguió durante 300.000 años más y el tamaño del Universo era mil veces menor que el de ahora, y empezaron a juntarse en nubes de gas dando lugar a las primeras estrellas que, con el tiempo, fueron formándose en grupos hasta convertirse en cúmulos de galaxias.
Se había iniciado la “evolución cósmica” de un Universo que se expande a cientos de miles de kilómetros por segundo y que está poblado por miles de millones de cúmulos galácticos que podrían contener cada uno más de un billón de estrellas, separadas por distancias que oscilan entre los trescientos y mil millones de años luz, siendo un año luz la distancia que recorre la luz en un año, unos 10 billones de kilómetros. ¡Un evidente ejemplo de la Gloriosa inmensidad de la Creación!

Fig.1. Cosmología y Humanismo

Fig.1. Cosmología y Humanismo

Dios es capaz de crear partículas de materia de distintos tamaños y formas…. y quizás de densidades y fuerzas distintas y de este modo puede variar las leyes de la naturaleza y de hacer Mundos de tipos diferentes en partes diferentes del Universo. Yo, por lo menos, no veo en esto nada contradictorio” …. decía Isaac Newton en su libro Óptica.

Y en ese “Mundo finito pero ilimitado” como decía Einstein, en el que los objetos celestes se encuentran alejados en el espacio y en el tiempo. En el que las galaxias se separan a una velocidad proporcional a su distancia (Hubble, 1929), en un lugar del Universo imposible de situar, rodeada de miles de millones de otras galaxias, se encuentra la Vía Láctea. Una agrupación de objetos estelares con forma de disco que gira sobre sí mismo, hinchado en su centro y con bordes deshilachados en tres o cuatro brazos espirales; de unos cien mil años luz de diámetro, con un espesor de diez mil años luz en su centro y una anchura media de mil doscientos años luz. Evidentemente, una enorme espiral que alberga a unos cuatrocientos mil millones de habitantes estelares de todo tipo: nubes de gas en proceso de colapso, sistemas Planetarios condensándose, estrellas supergigantes azules luminosas calientes y jóvenes, estrellas amarillas estables de mediana edad, gigantes rojas ancianas y moribundas, enanas blancas en fase de extinción, nebulosas Planetarias, novas, supernovas, estrellas de neutrones y agujeros negros. 

Un sistema galáctico en continua evolución en cuyo seno se produce un ciclo continuo de vida y muerte, algo natural en nuestro ciclo de vida vegetal y animal, pero con la diferencia de que, en el espacio intergaláctico, los ciclos oscilan entre los cien millones y diez mil millones de años. Comparación sublime que nos debe hacer reflexionar sobre el sentido que damos a nuestra existencia, en un momento en el que el “mundo humano” está inmerso en una espiral de odio y deseo de someter, con líderes “visionarios” y “salvadores” que pugnan por “defender” los derechos de una sociedad que se está construyendo basada en el credo de un consumismo mediatizado que ha ido sustituyendo los “valores” del respeto a la libertad propia y ajena, de la moral que se apoya en el simple cariño dimanado del amor, de la riqueza de espíritu que debe caber en el corazón y la mente de agnósticos y creyentes, e incluso hasta casi llegar a conseguir la abstracción del significado de la palabra Humanidad, que debería enaltecer el concepto de “ser humano” en vez de vilipendiarlo. 

Un comportamiento irracional y sin sentido, sin aparente explicación, a la que tal vez supo aproximarse Johannes Kepler, cuando en su obra La armonía cósmica, escribió:

“Aquella facultad de captar y reconocer las nobles proporciones de las cosas sensibles y las que se nos escapan más allá de las cosas sabidas, hay que atribuirlas a los dominios del alma”. 

Un “alma” que, al igual que el sentido del “espíritu”, es generalmente rechazada por las generaciones actuales imbuidas al culto por lo “material” y el desapego. 

Y en uno de los brazos espirales de la Vía Láctea, a unos 28.000 años luz de su Centro, nuestro Sistema Solar formado por el Sol y sus nueve Planetas conocidos más, sus satélites, asteroides, cometas, meteoritos y el polvo interestelar. Un sistema solar bastante joven, que se formó, tan sólo hace cinco mil millones de años cuando el Universo era unas dos terceras partes del Universo actual, pero ese Sol, nuestro Sol, estrella imprescindible para mantener la vida, nuestra vida, perecerá dentro de otros cinco o seis mil millones de años cuando todo el hidrógeno de su núcleo haya reaccionado y transformado en helio con la consiguiente generación de elementos de carbono y nitrógeno que proporcionarán la energía adicional necesaria para que el Sol siga brillando, pero ya, sólo, por un tiempo limitado; momento en el que ya nuestra estrella se volverá inestable, se expandirá y se enfriará, y el viejo Sol se convertirá en una estrella gigante roja que se irá apagando progresivamente durante un periodo de cientos de millones de años durante los cuales su atmósfera se irá diluyendo en el espacio, envolviendo y absorbiendo a los Planetas más próximos, Mercurio, Venus, la Tierra, hasta formar una nebulosa Planetaria en cuyo núcleo sólo quede una estrella enana blanca que al cabo de decenas de millones de años también se enfriará para que, en una fase final, convertirse en una estrella enana negra, ya totalmente fría. El Sol habría cumplido entonces unos diez mil millones de años……

Y simultáneamente, la Tierra se habría ido abrasando lentamente fundiendo los casquetes polares e inundando las costas de un Planeta, ya más rojo que azul, pues las aguas de los océanos habrían entrado en ebullición y la atmósfera en una fase de evaporación. Una transformación lenta pero devastadora y continua, pero dentro de una lógica respuesta a la muerte natural de todo “ente” vivo.

“Medí los cielos y ahora mido las sombras. Mi mente tenía por límite los cielos y ahora descansa encerrada en la tierra” Epitafio en la tumba de Kepler.

Queremos pensar que nuestros descendientes y todas las formas de vida conocida irán evolucionando hacia otros estadios o quizás puedan emigrar hacia otro Planeta más joven de un sistema solar diferente, durante ese periodo de decenas de millones de años que se estima aún tendría de longevidad nuestro “mundo terrenal”; en cualquier caso y visto a escala cósmica, todo ese “transcendental” proceso sólo habrá consistido en la simple desaparición de una estrella enana amarilla, una entre los dos billones de estrellas similares al Sol que se estima existen en la parte del Universo conocido; un tiempo de existencia planetaria que resulta aún más paradójico si lo comparamos a escala humana cuyo promedio de vida se cifra en los 85 años para la mujer y unos 80 para el hombre, donde se incluye también a esos espécimenes humanos que promulgan mensajes mesiánicos para y por el progresismo y la libertad pero siguen oprimiendo a sus conciudadanos pensando que con el poder que ostentan pueden alcanzar la eternidad.

 Por ello y a modo de corolario quizás pueda servir el recordatorio que, con motivo de su discurso al XII Congreso Internacional de Filosofía en el año 1960, el bondadoso Papa Juan XXIII nos hacía de una cita de Santo Tomás:

“El nombre del sabio sólo se reserva a aquel cuyo pensamiento versa acerca del Universo, es decir, acerca de la verdad”.

Y mientras seguiremos conviviendo con la cruda realidad del día a día en nuestro Planeta.

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Autor: Benito A. de la Morena Carretero