ESCULPIR LA INFORMACIÓN: LA EVOLUCIÓN DE LA MATERIA Y EL NUEVO ROL DEL ARTISTA ANTE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Por Publicado el: 04/05/2026

La historia de la escultura ha sido, invariablemente, la crónica de la relación dialéctica del ser humano con la materia. Desde las primeras hachas de mano del Paleolítico, talladas por percusión directa, hasta las monumentales instalaciones en acero de Richard Serra, el acto escultórico se ha definido por una negociación constante con las leyes inmutables de la física, como son la gravedad, la resistencia o el equilibrio. Sin embargo, el siglo XXI ha situado a la disciplina ante un horizonte de sucesos donde la materia sólida comienza a disolverse en flujos de datos. 

Fig.1. Imagen simulada creada con la IA. 2026.

 La reciente incorporación de la Inteligencia Artificial (IA) generativa en los procesos creativos representa una ruptura cognitiva profunda. Ya no nos encontramos ante una mera actualización de herramientas, sino ante un cambio ontológico que altera la génesis misma del objeto tridimensional desde su plano virtual. Este fenómeno nos recuerda a la desmaterialización del objeto artístico que analizó Lucy Lippard, pero llevada a sus últimas consecuencias procedimentales.

Del paradigma de la resistencia al taller virtual

    Para comprender la magnitud de este desplazamiento tectónico, debemos volver la mirada hacia la filosofía de la praxis tradicional. En ella, el proceso creativo es indisoluble del concepto de resistencia. El bloque de mármol o la masa de arcilla imponen sus condiciones físicas. Tal como describió poéticamente Michelangelo Buonarroti en sus rimas, la figura ya existe en potencia dentro del bloque, la tarea del escultor es, fundamentalmente, liberarla de ese exceso de materia. 

Esta talla directa conlleva una tensión psicológica ausente en los medios digitales modernos: la irreversibilidad. El error no se puede deshacer. Además, el aura de la obra clásica, en términos de Walter Benjamín, reside precisamente en ese “aquí y ahora” de su producción única. 

       La primera gran ruptura se produjo a principios del siglo XXI con la democratización del software de modelado 3D. La materia se transmutó en topología matemática, configurada a través de, mallas poligonales compuestas por vértices y caras. Con la introducción del comando de reversibilidad absoluta (el famoso CTRL+Z), se eliminó el miedo al error. El escultor abandonó el polvo del taller físico por un entorno virtual que anula la gravedad, permitiendo crear estructuras ingrávidas. No obstante, a pesar de este avance, la autoría seguía vinculada al gesto de la mano del artista sobre una interfaz. 

El espacio latente y la escultura invocada

       El salto definitivo y más radical llega con los actuales modelos de Aprendizaje Profundo (Deep Learning) capaces de sintetizar geometría tridimensional a partir de simples descripciones textuales o prompts (sistemas Text-to-3D y campos neuronales NeRF). 

       En este nuevo ecosistema, el escultor no toca la materia, sencillamente la invoca. Ya no se modela la arcilla, sino que se navega a través de un “espacio latente”. Este espacio es una inmensa representación matemática multidimensional donde todas las variaciones posibles de los conceptos aprendidos por la IA están organizadas por proximidad estadística. 

      Ante esta disrupción, la necesidad de poseer una destreza manual virtuosa queda anulada. El artista experimenta una transformación en su identidad profesional: pasa de ser un artesano de la superficie a un curador de la forma. Asume el rol de un director artístico que colabora con una entidad sintética, seleccionando, iterando y refinando resultados lingüísticos. 

La estética del error y el reto de la autoría

      La IA no comprende la funcionalidad ni la física real de los objetos; solo procesa su apariencia visual basándose en correlaciones estadísticas. Esto da lugar a lo que denominamos “alucinaciones geométricas”. En estas obras, la piedra puede doblarse como una tela o los dedos humanos fusionarse en topologías físicamente imposibles. 

Esta estética del error, analizada por autores como Lev Manovich, se perfila como la poética nativa de la máquina. Dialoga directamente con el concepto freudiano de lo ominoso (o lo siniestro), donde aquello que nos resulta familiar se vuelve repentinamente extraño y perturbador. 

   Este horizonte abre debates éticos y legales ineludibles para las Ciencias Humanísticas. ¿A quién pertenece la obra generada? Según juristas como José Pardo Gato, bajo el marco legal europeo actual, la IA es una herramienta y no puede ser sujeto de derechos de autor. Sin embargo, como plantea Andrés Guadamuz, nos enfrentamos a una “autoría difusa”, donde el creador actúa más bien como un catalizador que re-mezcla la historia del arte almacenada en la red neuronal. 

Conclusiones

     Curiosamente, el ciclo de esta desmaterialización tiende a cerrarse volviendo a nuestro plano físico. Mediante la impresión 3D de alta resolución y el fresado robótico mediante el control numérico computarizado (CNC), estas alucinaciones algorítmicas pueden ser talladas en piedra o madera real. Observar la precisión milimétrica de una máquina industrial ejecutando una forma que carece de lógica humana es uno de los choques conceptuales más fascinantes de nuestro tiempo.

Fig.2. Imagen simulada creada con la IA. 2026.. Concha Méndez

 Desde la perspectiva del escultor contemporáneo del siglo XXI, es nuestra labor trasladar a la sociedad que la Inteligencia Artificial no supone el fin de la disciplina artística, sino su expansión. Nos dirigimos hacia un escenario de “Creatividad Aumentada”, donde la IA actúa como un exoesqueleto para la imaginación humana. El verdadero desafío para el escultor contemporáneo no es competir con el algoritmo, sino forzar los límites del software, provocar el error y encontrar la poética oculta en la frialdad del cálculo estadístico. 

      La escultura del futuro será indudablemente un formato híbrido: nacida del “sueño” de una red neuronal, guiada por el intelecto humano y, finalmente, acabada por la mano que, desde hace milenios, siempre ha sostenido el cincel. 

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Autor: Guillermo Martínez Salazar