El latido de sangre y piedra: La leyenda del jaspe onubense en El Escorial

Por Publicado el: 14/05/2026

En las profundidades silentes de Andalucía, la provincia de Huelva atesora secretos que trascienden la geografía para adentrarse en la mitología. Más allá de su luz atlántica y sus marismas, se yergue un rincón envuelto en un aura de misterio insondable: el Cerro del Castillo de Cobullos, en el municipio de Campofrío. Las crónicas más antiguas susurran que fue precisamente aquí donde el mítico Rey Salomón, hechizado por las abrumadoras riquezas metalúrgicas de la zona, ordenó erigir una formidable fortaleza. Este cerro, custodio silencioso de sepulcros íberos y letras talladas en el tiempo, esconde en sus entrañas de roca la verdadera protagonista de nuestra historia. 

Siglos después del mito salomónico, la ambición imperial de la España renacentista posó sus ojos en este paraje. En el año 1578, el rey Felipe II adquirió personalmente la cantera de Cobullos a Pedro Barragán, entregando en compensación ochocientos ducados. Cuentan que fue la propia Iglesia quien susurró al oído del monarca la existencia de este tesoro terrenal, revelando una veta inagotable de jaspe sanguíneo o jaspe de sangre. La monarquía hispánica peinaba los confines del mundo buscando la perfección pétrea para el retablo mayor de la basílica de San Lorenzo del Escorial, una obra magna que desafiaba a los cielos y terminaría siendo bautizada como la octava maravilla del mundo. 

Pero el jaspe onubense, de un rojo hondo e impresionante, latía con una resistencia ancestral y no estaba dispuesto a rendirse ante el frágil acero humano. Cuando el eminente maestro Giacomo da Trezzo intentó esculpir las deseadas columnas para el Monasterio, descubrió estupefacto que la piedra era absolutamente indomable.

Se consideró que era el material dedicado a hacer obras de arte más duro del mundo. Y así se sigue creyendo. 

El monarca anhelaba ardientemente el jaspe de Huelva y no aceptaba sucedáneos. Ante el abismo del fracaso, el genio arquitectónico de Juan de Herrera y el propio Jacometrezo tuvieron que forzar los límites de la ingeniería de su época. En la célebre “Casa de Jacometrezo”, pergeñaron un artefacto inédito: un molino de alta tecnología provisto de una cabeza giratoria armada con puntas de diamante, la única fuerza en la creación capaz de modelar la fiera piedra onubense. Fue un trabajo hercúleo; una danza titánica entre el ingenio y el mineral que consumió la friolera de ocho años tan solo para tallar ocho columnas. 

El triunfo de la voluntad cinceló finalmente el tabernáculo del Monasterio de El Escorial. Este sublime templete circular, de orden corintio, se alza hoy sostenido por las ocho columnas del durísimo jaspe de Huelva, consolidándose como una de las máximas expresiones escultóricas de la historia del arte. Para otorgarle el aliento divino definitivo, el arquitecto Juan de Herrera dispuso una ventana oculta que proyecta una luz enigmática desde el desconocido “patio de los mascarones”. A través de cortinajes cambiantes en función de la liturgia, la luz baña el jaspe sanguíneo onubense, confiriéndole un fulgor mágico y celestial al lugar sagrado. 

Fig. 1. Baldaquino del retablo mayor de la basílica del Monasterio de El Escorial con las columnas de Jaspe Sanguíneo

El legado de esta piedra inmortal no se detuvo en las laderas escurialenses. Su nobleza y dureza adornaron otros altares y palacios de España:

  • Fue reclamada con devoción en 1619 para embellecer el espléndido trascoro de la Catedral de Sevilla, fundiéndose en una obra de excepcional suntuosidad junto a bronces y mármoles. 
  • Se erigió como pedestal de eternidad en la peana que sostiene la urna de plata del cuerpo incorrupto del rey San Fernando, en la imponente seo hispalense. 
  • Atrajo la mirada de los reyes en el siglo XVIII, quienes enviaron a eminentes escultores e inspectores para investigar las canteras onubenses con la intención de nutrir la decoración del Palacio Real de Madrid tras el incendio del Alcázar. 

El jaspe de Campofrío trasciende la mineralogía para convertirse en un emblema vivo. Es la prueba irrefutable de la inmensa riqueza y belleza que yace latente bajo el suelo de Huelva. Una provincia legendaria que, en su callada inmensidad, ha prestado 

Fig. 2. Columna de jaspe sanguíneo rojo de Campofrío (Huelva), el material más fuerte utilizado en el mundo del arte

su corazón de piedra —inquebrantable, de un rojo vibrante y eterno— para sostener los pilares de la historia y revestir de gloria el patrimonio más sublime de la humanidad. 

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Autor: Francisco José Martínez López