Humos del Nuevo Mundo: La Odisea de Rodrigo de Xerez

Por Publicado el: 14/05/2026

Huelva es la cuna donde la luz se abraza con el océano, el vértice exacto donde el Viejo Mundo se atrevió a soñar con lo ignoto. Sus tierras, bañadas por el aura de lo épico, no solo fueron el punto de partida de las naves colombinas desde el puerto de Palos de la Frontera, sino también la puerta dorada por la que penetraron los insondables misterios del continente naciente. Entre estos legados inmortales, envuelto en una neblina de misticismo y tragedia, emerge la figura de Rodrigo de Xerez, un pionero que nació y exhaló su último suspiro en Ayamonte. 

La historia nos habla de un hombre leal, un buen amigo de Cristóbal Colón, quien depositó en él una fe inquebrantable. Tanta era su cercanía, que se cree que el insigne almirante se alojó en varias ocasiones en la morada ayamontina de Xerez, situada en la calle Viriato del pintoresco Barrio del Salvador, antes de emprender su epopeya hacia las Indias. Así, cuando las velas de la Santa María se hincharon con los vientos del destino en 1492, este intrépido onubense formaba parte de su tripulación.

Fig. 1. Rodrigo de Xerez, recogiendo plantas de tabaco de manos de un nativo

En las exuberantes tierras de Cuba, persiguiendo el espejismo de la corte del Gran Kan por mandato de Colón, Xerez y el intérprete Luis de Torres hallaron una riqueza mucho más sutil y enigmática. Encontraron a los nativos portando tizones en sus manos, cilindros de hierbas secas envueltos en hojas de maíz o palma a modo de mosquetón, de los que aspiraban y bebían un humo de peculiar fragancia. Cautivado por la cadencia de este ritual, Xerez hizo acopio de aquellas hojas prodigiosas y regresó a España a bordo de La Niña en 1493. Con su retorno, introdujo el tabaco y el inusitado hábito de fumar en Europa. 

Fig. 2. Azulejo conmemorativo dedicado a Rodrigo de Xerez en Ayamonte

Sin embargo, el destino de los adelantados a su tiempo suele estar cincelado por la incomprensión. De regreso a su amada Ayamonte, su humeante y exótica costumbre provocó el espanto y el escándalo entre sus paisanos. Se vio obligado a practicar su hábito en la penumbra del secretismo, ocultándose de la mirada pública, pero la traición acechaba en su propio alcázar. ¿Sabes quién dice la leyenda que lo denunció? Fue su propia esposa, María, quién al espiarlo y descubrirlo envuelto en aquellas densas nubes de humo, lo delató ante la Santa Inquisición, convencida de que su marido echaba al demonio por la boca y las narices. 

El celo del Santo Oficio fue implacable con el ilustre hijo de Huelva. Acusado de brujería y de albergar entidades infernales, fue condenado a padecer siete largos y oscuros años de prisión en los calabozos de la Inquisición. El dogma dictó una sentencia nacida del pavor a lo inexplorado, argumentando con severidad que “sólo Satanás puede conferir al hombre la facultad de expulsar humo por la boca”. 

Cuando las pesadas puertas de su encierro finalmente cedieron a la libertad, la ironía del tiempo se hizo dolorosamente patente: aquella condenable herejía que lo privó de su juventud se había propagado como fuego en hierba seca, convirtiéndose en una costumbre celebrada y extendida irreversiblemente por la aristocracia, el clero en toda Europa. 

Hoy, la provincia de Huelva, guardiana eterna de las grandes gestas de la humanidad, lo recuerda no como a un hereje, sino como al heraldo que, con cada exhalación, unió dos mundos. En la memoria de Ayamonte late el legítimo orgullo de saber que fue un onubense el primero en acariciar, entre sus labios, el espíritu humeante de América.

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Autor: Francisco José Martínez López