CONCHA MÉNDEZ CUESTA
POETA DEL AMOR

Por Publicado el: 04/05/2026

Anualmente se celebra cada primavera en Bollullos par del Condado una fiesta de la Poesía de Amor en la que se rinde homenaje a un poeta andaluz que haya cultivado ese tema. En esta ocasión la poeta de referencia ha sido Concha Méndez, de la que se cumplen en este 2026 los cuarenta años de su fallecimiento, que se produjo en Ciudad de México el 28 de diciembre de 1986. 

   Ella era madrileña de nacimiento, pero andaluza, malagueña por razón de afecto y de matrimonio con el poeta Manuel Altolasguirre. Málaga siempre estuvo en su corazón, Allí vivió momentos muy felices, y la ciudad le ha dedicado su recuerdo y homenaje: una calle rotulada con su nombre y un Instituto de Enseñanza Secundaria en Torremolinos la recuerdan en la que fue tierra natal de su marido y que ella llevó siempre en su corazón y en su poesía. Y ocupa un lugar relevante en los fondos del Centro del 27 de la capital de la Costal del Sol.

Por ello, dedicarle esta edición –que alcanza ya el número 60– del Premio de Poesía Reposo Neble no es de ningún modo algo extravagante, sino un acto de justicia y de reconocimiento a una de las escritoras más importantes de la Generación del 27, en la que brillan excelsos nombres de nuestra lírica, pero en la que también hubo mujeres como ella, que han quedado injustamente silenciadas y que es preciso reivindicar para poner en valor la excelencia de su obra. 

   Cuando hablamos de la Generación del 27, solemos referirnos al grupo formado por los grandes poetas conocidos del gran público y reconocidos por la crítica: Salinas, Guillén, Diego, Lorca, Aleixandre, Alonso, Cernuda y Alberti. Como mucho, a veces se añade a Prados y Altolaguirre. Pero la realidad es que el 27 es una verdadera constelación literaria en que, junto a los grandes astros, hay otros muchos que quedan ensombrecidos. Es, como decía Leopoldo de Luis, una cordillera cuyas cumbres gigantescas ocultan, otras igualmente relevantes, pero menos visibles.

   Se trata de escritores (y escritoras) nacidos en la misma zona de fechas que los consagrados por el canon, que vivieron el mismo clima estético de vanguardia y renovación, que colaboraron en las mismas publicaciones y compartieron unos anhelos, unas inquietudes artísticas y, en algunos casos, una amistad y unos ideales comunes. 

    Es el caso de Concha Méndez Cuesta (Madrid, 1898 – México, 1986), de cuya desaparición se cumplen ahora 40 años. Buena ocasión para pararnos a reflexionar sobre su vida y su obra, una de las más interesantes de toda su generación. Vinculada a nuestra región por su matrimonio, tal vez por no haber sido incluida en la famosa Antología de Gerardo Diego (1932), esta autora quedó durante bastante tiempo en la penumbra del olvido, a pesar de todo lo que ella y su esposo, el poeta malagueño Manuel Altolaguirre, supusieron para la Generación del 27, como activos promotores de revistas y editores de libros. Pero es que, además, Concha Méndez escribió poesía y teatro y nos ha legado unas bellas Memorias habladas que recogió su nieta, Paloma Ulacia.

   Nacida en el seno de una familia muy pudiente, recibió educación en un colegio francés, lo que se percibe quizá en sus primeros versos. Aficionada a los deportes, destacó en la gimnasia y la natación, deporte este último en el que fue campeona; esto era algo inédito en su tiempo. Los veranos los solía pasar con su familia en San Sebastián, donde en 1919 conoció a Luis Buñuel, quien fue su primer novio. Esta relación duró siete años, durante los cuales Concha, que era amiga de Maruja Mallo, se relacionó con Luis Cernuda, Rafael Alberti y Federico García Lorca

   Independizada de la casa paterna a principios de 1929, inició un periplo que la llevó desde Londres a Montevideo y Buenos Aires, donde contactó con Guillermo de Torrre, escritor y crítico que dirigía la sección de letras del diario La Nación. En Argentina hizo amistad también con Consuelo Berges, que la ayudó en el continente americano, y Alfonsina Storni. De ese periodo es su poemario Canciones de mar y tierra (1930). 

    Con el advenimiento de la República en 1931, regresó a España, donde comenzó a frecuentar las tertulias del café madrileño La Granja del Henar. Allí, Federico García Lorca le presentaría al poeta e impresor malagueño Manuel Altolaguirre, con quien se casaría al año siguiente. Testigos de la boda fueron Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Luis Cernuda. A partir de ese momento iniciaría con Altolaguirre una muy estrecha colaboración que pronto dio sus espléndidos frutos editoriales en las “tentativas poéticas“ de Héroe (1932) y Caballo verde para la poesía (1934), la revista de Neruda. 

   Se inició entonces su interés por el teatro y el cine, y por esas fechas publicó las obras de teatro El personaje presentido (1931), El ángel cartero (1931) y El carbón y la rosa (1935), las dos últimas dirigidas a los niños. También por aquel entonces publicó varios libros de poesía de tendencia vanguardista en obras como Vida a vida (1932), Niño y sombras (1936) y Lluvias enlazadas (1939). Concha y Manuel vivieron de 1933 a 1935 en Londres, donde perdió el primer hijo que estaba esperando (experiencia que reflejó en su libro Niño y sombras), y se produjo el feliz nacimiento en 1935 de su hija Paloma. Junto a su marido, activo impresor, contribuyó a la difusión de la obra del grupo del 27, editando en su imprenta La Verónica colecciones líricas y revistas como Poesía o 1616 (título alusivo al año de la muerte de Cervantes).El matrimonio y su hija se encontraban en España en 1935, y al estallar la Guerra Civil, ambos tomaron partido por la República, aunque pronto ella abandonaría Madrid para proteger a su hija, mientras su marido se quedaba en España. Tras vivir en Inglaterra, Bélgica y Francia, regresó a Barcelona para reunirse con su esposo, camino ya del exilio. Se trasladaron a París, donde les recibió Paul Éluard, y más tarde a La Habana, donde permanecieron hasta 1943 coincidiendo allí con otros muchos exiliados. En su estancia en Cuba, establecieron otra imprenta llamada igualmente La Verónica y publicaron una colección poética que llamaron El ciervo herido, entre 1939 y 1943. Ese año se trasladaron a México, donde Altolaguirre la abandonó poco después por la cubana María Luisa Gómez Mena (años más tarde morirían ambos en un accidente de automóvil en Burgos, en España, cuando volvían del Festival de Cine de San Sebastián, en 1959). Mientras, Concha siguió viviendo con su hija en Ciudad de México. En su domicilio residia en sus estancias en el país azteca Luis Cernuda, que falleció en su casa, víctima de un infarto, el 4 de noviembre de 1963.

   Concha siguió publicando poemas en Hora de España, donde apareció su prólogo de El Solitario (Nacimiento), en 1938 (las dos entregas o actos siguientes se publicarían en La Habana en 1941 y en México en 1945), drama poético en tres actos. En 1944 editó Villancicos de Navidad y Sombras y sueños. De 1944 a 1979 dejó de publicar, aunque en 1976 se editó una Antología poética. En 1979 apareció su último libro Vida o río. Nunca regresó definitivamente a España, aunque sí realizó tres viajes a Madrid a partir de 1966; pero continuaría residiendo en México hasta su fallecimiento, en 1986.

  Al igual que la de Altolaguirre, la obra poética de Concha Méndez fue más bien escasa. Sus tres primeros libros: Inquietudes (1926), Surtidor (1928) y Canciones de mar y tierra (1930) se inscriben en la línea del neopopularismo que, aprovechando la pauta de los viejos cancioneros, cultivaban los poetas de la Generación del 27. En las coplas populares encontraban ellos una técnica de condensación de los sentimientos más hondos, frecuentemente arropadas por un halo de misterio.

   En esos años anteriores a nuestra Guerra Civil, publica Concha Méndez dos de sus mejores libros de poemas: Vida a vida (1932) y Niño y sombras (1936) dos libros en los que van a dominar nuevas inquietudes: la angustia de vivir en compañía (ella, que siempe fue tan independiente y solitaria); y la amenaza de la sombra, que será ya un tema recurrente en toda su poesía posterior, determinará su mejor libro de poemas, publicado en México en 1944: Sombras y sueños. La angustia provocada por la muerte de su primer hijo, al que Luis Cernuda dedicó un bellísimo poema, “Eras tierno deseo, nube insinuante”, la llevará a centrarse, en la etapa del exilio, en el amor por su hija, Paloma Altolaguirre Méndez, que desarrolló de mayor una brillante carrera en México en el terreno de las Bellas Artes. 

   El matrimonio Altolaguirre residió en La Habana (1939) antes de partir definitivamente hacia México (1943) y compartieron su vida poética y editorial, que nos ha dejado dos magníficos libros: Lluvias enlazadas (un título procede de unas casidas lorquianas) y Nube temporal, coincidente a su vez con un título cernudiano, en un claro ejemplo de lo que llamaba Pedro Salinas tradición y originalidad y que actualmente denominamos  intertextualidad.

     En los años del exilio escribe también Villancicos de Navidad, que es un canto al hecho de nacer. Después de un silencio poético de más de treinta años, aparece en México la primera antoología poética de Concha Méndez, que recoge sus seis primeros libros. La segunda se publicará veinte años después, con introducción y selección de James Valender (Madrid, 1995); las dos antologías siguen un criterio desigual y no permiten hacerse una idea exacta de su evolución poética. En 1979 se publican en Madrid Vida a vida, un rescate acertado del año 1932, y Vida o río, un firme libro con importante prólogo de Emilio Miró. El último libro de Concha, publicado en México en 1981, se titula Entre el soñar y el vivir, y dejó una obra inédita, con un trasfondo filosófico, Con el alma en vilo, que se publicó en 2008.

 Aunque siempre negó ser feminista, esta poeta y dramaturga figura hoy como una de las grandes mujeres españolas que en los años veinte del siglo pasado abrieron el camino para el movimiento feminista que actualmente se vive en España. Su lucha continua por liberarse de las rígidas normas de la sociedad en la que le tocó nacer resulta, en efecto, admirable. Es una de las mujeres del 27, de las “sinsombrero”. Sin embargo, la historia de su emancipación personal no debería hacernos olvidar la importancia de su obra literaria: porque la creación artística fue lo que finalmente le dio sentido a su vida, pero sobre todo porque en ella la escritora nos legó la historia más íntima de cuanto había vivido.  Entre los temas que cultivó en su obra poética destaca el del amor. No voy a extenderme en ello, porque a continuación veremos una representación de algunos de sus poemas, pero sí quiero citar para concluir un fragmento de su “Elegía a Manolo, en su irrenunciable ausencia”, de Entre el soñar y el vivir, donde a pesar de la separación late el profundo amor que profesó a quien fue su marido, padre de sus hijos y compañero de vida y de literatura, aunque en gran medida la ensombreció:

Andaremos por siglos siempre juntos
por el camino de la poesía
q
ue fue quien nos unió sin darnos cuenta
un ya lejano y luminoso día.

   A pesar de su injusto olvido, Concha Méndez es una poeta pulcra que supo conmover con su verso rotundo, lejos de cualquier sentimentalismo poético, moderna en la vida y en sus libros. Su hija Paloma Altolaguirre ha afirmado de ella, desde México con una gran nostalgia que parece heredada: “Era una mujer fuerte, pero también muy sensible. Creo que habríamos vivido en Málaga si no hubiera estallado la Guerra”. No cabe mayor proclamación de amor a Andalucía.

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Autor: Miguel Cruz Giráldez