ISABEL LA CATÓLICA Y EL PUEBLO JUDÍO

Cuando se estaba planificando la venida a España del Papa san Juan Pablo II, con motivo del V Centenario de la Evangelización de América, se pensó, como acto central de la visita, en la beatificación de Isabel la Católica. La fase histórica del proceso ya se había aprobado por la Congregación para las Causas de los Santos en 1990, y el propio pontífice era partidario. Pero hubo algo que lo impidió. El cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, judío de nacimiento e interlocutor privilegiado de la Santa Sede con los representantes judíos, advirtió que tanto el estado de Israel como numerosas comunidades hebreas considerarían esto como una grave ofensa.  La causa se puede imaginar: la “leyenda negra anti isabelina”, que pretende que nuestra reina fue antisemita por haber firmado el decreto de expulsión de 31 de marzo de 1492. Y esta es la gran mentira que hemos de combatir desde la verdad, contraponiendo a la sombra irracional que proyectan opiniones tendenciosas y la falta de conocimiento, la luz de la razón que arrojan los hechos históricos probados documentalmente. 

Isabel la Católica no odió nunca a los judíos, ni quiso nunca perjudicarlos, más bien les tuvo predilección, se rodeó de ellos y los quiso proteger por todos los medios a su alcance. Pero ningún rey puede contra todo un pueblo y ningún cristiano debe contravenir lo que le manda la Iglesia. Intentar comprender el problema desde la perspectiva del hombre de hoy es un gran error. Para entender una cuestión, hay que conocer sus antecedentes y sus circunstancias. Para ello nos tenemos que remontar una centuria atrás. El antisemitismo fue una auténtica lacra durante todo el siglo XIV, no sólo en los reinos hispanos, sino más aún en el resto de Europa, donde los pogromos causaron millares de muertos. Llegó a acusarse a los judíos de ser los culpables de la Peste Negra. En España, ni la alta nobleza, ni los reyes les fueron contrarios. Más bien los protegieron, con mayor o menor eficacia, según el grado de anarquía o de orden imperante, lo que impidió que aquí hubiera las matanzas que ensangrentaron la Europa extra peninsular, en muchos de cuyos países los judíos fueron expulsados mucho antes que aquí (Inglaterra, Francia, Austria, Milán, etc.) Pero el odio a los hebreos estaba tan arraigado en el pueblo llano allí como aquí. La peor muestra fue la revuelta antijudía de 1391, en que, aprovechando el debilitamiento del poder real, al subir al trono un niño de sólo 11 años, Enrique III, se cometieron crímenes, robos y destrucciones en la aljama de Sevilla, atentados se extendieron a las de Córdoba, Toledo, Burgos y otras muchas ciudades. Rebasando el ámbito castellano, afectaron también a los reinos de Aragón y Navarra. Para colmo, numerosos predicadores franciscanos y dominicos enfervorizaban a los cristianos viejos contra los judíos. El resultado fue la conversión forzosa, por miedo o por conveniencia, de la mitad de ellos.

Fig.1. Expulsión de los judíos en España en 1492. Emilio Salas Francés (1889)

La protección que les brindaron los reyes y algunos magnates causaba una enorme impopularidad a los que la dispensaban. Una de las principales y más reiteradas banderas que agitó Enrique de Trastámara contra su hermano el rey D. Pedro fue que éste era amigo de los judíos. Y recordemos que el rey legítimo perdió el reino y la vida (14 de marzo de 1369). El episodio casi se repetirá un siglo más tarde, recordemos la “farsa de Ávila” (5 de junio de 1465). Una facción de los potentados de Castilla depone al rey Enrique IV, medio hermano de Isabel la Católica, y proclama, en su lugar, a D. Alfonso, su hermano. Entre las acusaciones contra el monarca que más pábulo alcanzan ante el pueblo está ser éste un reconocido filosemita. A D. Enrique no le costó la corona y la vida, como a D. Pedro, pero estuvo a punto.  El mismo año anterior a la proclamación de Isabel como reina en Segovia (13 de diciembre de 1474), el reino entero se conmocionó con el brutal asesinato de todo un condestable de Castilla, D. Miguel Lucas de Iranzo, en el mismísimo altar mayor de la catedral de Jaén, cuando oía misa, inerme y arrodillado devotamente, en compañía de su esposa (21 de marzo de 1473). ¿Quiénes le mataron? Cristianos viejos. ¿Por qué? Porque el condestable protegía a los judíos. Y es que este odio estaba tan arraigado que no remitía, más bien iba en aumento. 

Isabel la Católica se rodeó de judíos y les confió muchos de los cargos más importantes de su corte: Yucé Abravanel (montazgo de ganados, recaudador mayor), Samuel Abolafia (suministro del ejército), Abraham Seneor (rabino mayor de Castilla y tesorero de la Santa Hermandad), Lorenzo Badoç (médico personal de la reina). Y de esta raza, aunque conversos, fueron varios de los principales confesores de los reyes: fray Hernando de Talavera y fray Tomás de Torquemada, éste de D. Fernando. También conversos fueron sus tres secretarios Fernando Álvarez, Alfonso de Ávila y Hernando del Pulgar. 

Esta reina protegió tanto a sus comunidades (aljamas) como a sus individuos: cada vez que un concejo aprobaba una ordenanza antijudía (como el de Bilbao, el 12 de marzo de 1475), la reina la derogaba. En carta de Isabel la Católica conservada en Simancas, de 9 de julio de 1477, dice: “Todos los judíos de mis reinos son míos y están bajo mi amparo y protección y a mí pertenece de los defender y amparar y mantener en justicia”. 

No puede culpar la Iglesia a la reina por una medida, que la propia Iglesia aconsejó e impuso. En octubre de 1477, el nuncio apostólico, Nicolás Franco, expresó a los reyes la preocupación del papa Sixto IV por el efecto contagio de las costumbres hebraicas a los cristianos nuevos poco formados. Más tarde, el mismo papa Sixto IV, en bula de 31 de mayo de 1484, denuncia el gran peligro que para la fe de los cristianos significaba la convivencia con infieles y requiere a los reyes a prohibirla. La medida era dolorosa. Varias veces Isabel la aplazó. Y cuando, finalmente, tuvo que adoptarla, intentó mitigarla en lo que pudo. Quien se convierta no se tiene que marchar. Quien se vaya y luego se convierta, puede volver y recuperar todos sus derechos. Se da un plazo prudencial para que puedan hacerlo sin gran menoscabo. Se les permite llevar la mayor parte de sus bienes. Y se les brinda seguro real para que nadie pueda atentar contra ellos. Ninguna de las expulsiones anteriores en toda Europa fue así. 

Se calcula que más de la mitad se convirtieron y se quedaron. Y cada vez que eso ocurrió, fue festejado en la corte. El rabino mayor, Abraham Seneor, decidió hacerse cristiano. A tal efecto, se trasladó la corte a Guadalupe, y allí se bautizó, con toda su familia, oficiando el prior y apadrinando los propios Reyes Católicos y el cardenal Mendoza (15 de junio de 1492). El neófito pasó a llamarse Fernán Pérez Coronel.

A los que dicen que Isabel I fue antisemita, hemos de responder que eso no es cierto. Amó y protegió al pueblo judío no solo como reina, sino como una madre. Y si tuvo que adoptar una medida traumática, lo hizo obligada por la Iglesia y por la inmensa mayoría de sus súbditos. Ni como reina, ni como fiel cristiana, pudo hacer otra cosa. Y que la solución fue muy dolorosa para ella lo prueba que, primero, la demoró y, luego, la mitigó en todo lo que pudo. Esta es la verdad y no hemos de cansarnos de repetirla. Y cuando esta verdad resplandezca en el mundo, la buena reputación del suelo permitirá a Isabel alcanzar la gloria del cielo.

Compartir

Autor: Luis Manuel de la Prada Hernández-Olivares