Efeméride centenaria: La llegada a Huelva del profesor D. Alfredo Malo Zarco

Por Publicado el: 08/06/2026

Es un honor para mí escribir estas líneas como un sencillo -como él era- homenaje a quien fue mi profesor de Literatura en el sevillano Instituto de San Isidoro, cuyo anterior paso por Huelva, al cumplirse ahora un siglo, constituyó todo un referente para la enseñanza humanística en la ciudad.

     A modo de síntesis biográfica diré que D. Alfredo, sobrio castellano, nació en la serrana población conquense de San Lorenzo de la Parrilla el 30 de marzo de 1897, un año antes de la crisis colonial y del nacimiento de la brillante Generación literaria, a la que, casi un poco por azar y más por premonición, dedicaría con el tiempo mucho de sus esfuerzos y saberes para su estudio y enseñanza

      De familia de clase media, su padre era secretario de un juzgado municipal y su madre maestra de escuela. Ambos le inculcaron la educación y formación, que en aquellos años de comienzos de siglo era obligado por habitual en familias con sólidos principios cristianos. El joven Alfredo quedó pronto huérfano de padres y pese a su difícil infancia, pudo estudiar el bachillerato en el Instituto de Cuenca, con tan gran aprovechamiento que al terminarlo logró el convocado por concurso “Premio de Don Lucas Aguirre” correspondiente a la Sección de Letras. La crónica de prensa de junio de 1915 da fe de que para conseguirlo hubo de realizar dos ejercicios, escrito y oral; en el primero, trató de los prosistas del Siglo de Oro y de otros escritores de la época de la Casa de Austria. En el ejercicio oral trazó una brillante alocución sobre los descubrimientos geográficos, haciendo después un recorrido por la geografía europea y la historia de Iberia e Hispania desde la Edad Antigua.

      Hizo sus estudios universitarios en Salamanca, donde tuvo de maestro a D. Miguel de Unamuno y se licenció brillantemente en Filosofía y Letras en 1919. Su primer destino docente fue en el Instituto-Escuela de Madrid y después en el Colegio San Miguel de Morón de la Frontera. En 1926 ganó la Cátedra de Lengua y Literatura del Instituto de La Rábida en Huelva (1926-1936).

      Abarcó no sólo la enseñanza de sus disciplinas de Lengua y Literatura Españolas, sino también otras diversas, tanto en España como en el extranjero. Había sido lector de español en la Universidad de Liverpool (1928-1930), y profesor de los Cursos de Verano de esta Universidad inglesa (1929-1932), de la de Santander (1929-1932), de la de San Sebastián (1933-1935), y de la de Valladolid (1951-1953).

        Desempeñó en varias ocasiones las enseñanzas de inglés, italiano y griego. Otro campo de sus actividades fue el de la edición de textos diversos: Una antología de nuestra literatura, titulada Lecturas; una excelente selección del Quijote; la edición de “La gitanilla” y “La española inglesa”, y la de las obras de Santa Teresa. Fue colaborador del “Bulletin of Spanish Studies”, “Anales de la Universidad Hispalense” y “Quaderni Ibero-Americani”. 

      En el primer tercio del siglo XX, la capital onubense era una ciudad en crecimiento, notable por la actividad minera, el comercio y los cambios sociales propios de la época. En ese contexto, la llegada de docentes preparados y comprometidos suponía una auténtica oportunidad para elevar el nivel cultural de la población y ofrecer nuevas perspectivas a las generaciones más jóvenes. D. Alfredo formó parte de esa generación de educadores que entendían la enseñanza no solo como una profesión, sino como una verdadera vocación de servicio, afín al espíritu de la Institución Libre de Enseñanza. 

      En Huelva conoció a doña Aquilina Aragón (familiarmente, Lina) con quien contrajo matrimonio, tuvieron cuatro hijos: Alfredo y Juan Ramón, nacidos en Sevilla, José María, nacido en Huelva, así como su hermana melliza que murió a los pocos meses de nacer. Y Aurora, nacida en Osuna. 

      Lo primero que hizo al llegar al Instituto onubense fue organizar una biblioteca circulante, que se dotó de libros solicitados por los propios alumnos a familiares y amigos, e incluso pedidos al propio Ministerio de Instrucción Pública, que llegaría a alcanzar un número considerable cercano al millar de ejemplares, algo esencial para conocer de primera mano a los autores literarios. También allí y entonces alumbró la “permanencia de estudiantes”, durante las tardes, que permitió un mayor aprovechamiento a los alumnos y el consiguiente alivio a la economía de los padres. Además, fundó una revista mensual titulada “El Estudiante”, cuyo cuadro de redacción lo formaban los propios alumnos bajo su dirección. Organizó representaciones teatrales ejecutadas por los estudiantes y excursiones a lugares de interés históricos y artísticos, e incluso, activó la práctica del deporte, que en Huelva estaba entonces, sobre todo, representada por el futbol.       

     Como decíamos, la llegada a la capital onubense del profesor D. Alfredo Malo Zarzo en el curso 1925/26 supuso un acontecimiento de gran relevancia para la vida educativa y cultural de la ciudad. Aunque el paso del tiempo transforma las sociedades y modifica las costumbres, la huella de aquellos hombres y mujeres que dedicaron su vida a la enseñanza permanece viva en la memoria colectiva.      

      El profesor no se limitó únicamente a transmitir conocimientos académicos. Como tantos docentes de su tiempo, desempeñó también una importante labor humana y social. Los alumnos encontraban en él una figura de referencia, capaz de inculcar valores como el esfuerzo, la disciplina, el respeto y el amor por el aprendizaje. En una época en la que los recursos educativos eran mucho más limitados que en la actualidad, la dedicación personal del profesorado resultaba esencial para despertar la curiosidad intelectual y fomentar el deseo de superación.

      Conmemorar el centenario de su llegada a Huelva supone también rendir homenaje a todos aquellos docentes que, desde las aulas, contribuyeron silenciosamente a construir una sociedad más preparada y más justa. La historia de la educación está formada por innumerables esfuerzos cotidianos que muchas veces no vienen en los libros, pero que dejan una profunda huella en la vida de las personas y en el desarrollo de las ciudades.

      Además, este aniversario invita a reconsiderar la importancia de conservar la intrahistoria local. Conocer a quienes participaron en la vida cultural y educativa de Huelva ayuda a comprender mejor el retrato de la ciudad y el camino recorrido hasta nuestros días. Las nuevas generaciones necesitan referentes que les evoquen que el progreso colectivo siempre nace de la responsabilidad, la perseverancia y el empeño de personas determinadas.

      Decía un eminente catedrático de Literatura de la Hispalense: El profesor Alfredo Malo hizo una gran labor de enseñanza a través de las generaciones de jóvenes que pasaron por su aula. Dejó en ellos la siembra de sus conocimientos, mostrando excelentes condiciones pedagógicas. Y también el ejemplo de su bondad personal, que se manifestaba en la humanísima relación que sostenía con sus discípulos en las aulas y fuera de ellas, siempre dispuesto a oírles y darles la orientación esperada.

Cien años después, la figura de D. Alfredo Malo Zarzo continúa simbolizando el valor de la enseñanza y la necesidad de reconocer públicamente la labor de quienes dedican su vida a formar a los demás. Su llegada a Huelva no fue únicamente un hecho administrativo o académico, sino una contribución significativa al desarrollo cultural de la ciudad. Mantener viva su memoria es, en definitiva, una manera de proteger la educación como uno de los pilares principales de la sociedad.

      Recordar hoy, un siglo después, la imagen nítida de este maestro, por parte de quien fue su alumno en el Instituto de San Isidoro de Sevilla y actualmente académico de la Iberoamericana de La Rábida, significa reconocer el valor de la educación como motor de prosperidad e instrumento fundamental para el desarrollo humano.       

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Autor: Gerardo Pérez Calero